El papel de la música en el trabajo corporal de Aziza

La música era un elemento omnipresente en todas las clases que impartía Aziza, a pesar de que ella misma en varias ocasiones insistió en que no era un elemento imprescindible, que el mismo trabajo corporal podría realizarse sin ella, en silencio. Sin embargo, cumplía una gran función de soporte, facilitando, estimulando y motivando la ejecución de los diferentes movimientos propuestos por ella.

Cada clase era una pequeña obre de arte, más o menos conseguida, en la que Aziza desbordaba todo su caudal creativo en una puesta en escena siempre muy cuidada, con una ambientación que combinaba varios elementos que solían estar siempre presentes (vestimenta, perfume, iluminación, silencio,…), entre los cuales la música era un elemento principal, aunque ejerciendo una función más específica que la propia de la ambientación, pues Aziza utilizaba un repertorio musical variable, según las circunstancias y a veces según su propia experiencia cotidiana (p.ej. una canción que alguien le había grabado recientemente), que adaptaba, algunas veces de forma sistemática (ciertas músicas o ritmos más acordes para trabajar ciertos aspectos particulares del trabajo), otras de forma improvisada según se iba desarrollando la clase, cosa relativamente impredecible, pero nunca de forma aleatoria, aunque pudiera dar esa impresión a los más neófitos. De hecho, algunos de los que mantuvimos una constancia en la práctica de este trabajo, y que teníamos algún currículo y experiencia terapéuticos, llegamos a ponerlo en práctica en la dirección de ciertos grupos de enfermos[i], siguiendo unas directrices generales de Aziza, con un  margen de libertad para escoger nosotros mismos una selección musical personalizada.

Podríamos decir que la música ejercía un efecto hipnótico, que facilitaba la entrada en una especie de trance, si uno se predisponía a ello, aunque siguiendo eso sí las pautas de movimiento que Aziza iba dando de forma bastante sistemática. Tras un cierto tiempo trabajando con ella, podías llegar a identificar el tipo de música, por el tipo de ritmo que transmitía, con el aspecto particular del trabajo corporal a desarrollar. Había, pues, ciertos ritmos musicales para trabajar más específicamente lo mental, lo emocional o lo vital; otros ritmos para la piel, el músculo o el hueso; otros, para los puentes; otros, para la flexibilidad; otros, para las líneas espaciales; otros, para los momentos de relajación; y así sucesivamente, con todos los aspectos del trabajo.

La música era el acicate que permitía conectar con más facilidad con el aspecto particular del cuerpo a trabajar; incluso, a veces, Aziza cambiaba la música sobre la marcha en aras de lograr una mejor conexión con el aspecto que había propuesto y  que no se estaba realizando con la primera música reproducida.

A todo ello hay que añadir la gran ventaja de que la música es un lenguaje universal que no precisa traducción, y, además, facilita por ella misma una especial conexión con distintos niveles de la experiencia humana, de los más superficiales a los más profundos, abriendo un amplio abanico de posibilidades en la indagación del cuerpo humano en movimiento.

[i] Fue el caso de la aplicación del trabajo en grupos de toxicómanos del Proyecto Hombre.