Mental / Emocional / Vital

La dimensión espiritual tanto puede entenderse como la integración de todas las dimensiones del ser humano (unidad) que como su trascendencia. Si nos regimos por el esquema corporal como modelo, distinguimos los tres niveles claramente diferenciados: mental (cabeza), emocional (tórax y brazos), vital/acción (pelvis y piernas). A partir de este esquema, podemos hablar de lo espiritual como de la unificación de esos tres niveles llegando a funcionar al unísono; pero, para llegar a ello, suele ser necesario un “entrenamiento” riguroso y sistemático durante largo tiempo (así en todas las tradiciones espirituales). Al final de ese entrenamiento, sí que podemos hablar de emociones espirituales, al igual que de pensamientos espirituales y acciones espirituales, pero no antes; antes, necesariamente, trabajaremos con lo mental, lo emocional y lo vital por separado, en el camino de su progresiva integración. “Pensar el sentimiento, sentir el pensamiento”, decía Unamuno. Y también, “pensar la acción, actuar el pensamiento”, “sentir la acción, actuar el sentimiento”, …hasta llegar a “pensar, sentir y actuar” simultáneamente, sin desfase, sin incoherencias. Hasta entonces, tanto los pensamientos como las emociones nos pueden jugar malas pasadas, y nuestras acciones ser el fiel reflejo de esas contradicciones. Y ya conocéis el dicho: “Los conoceréis por sus acciones”.

Piel / músculo / hueso

En el ser humano la espiritualidad es indefectiblemente corporal; no existe espiritualidad humana sin cuerpo, acorporal, ese es el patrimonio exclusivo si cabe de los ángeles (seres sin cuerpo). Por ello, la humanidad se ha inventado a lo largo de los siglos un sinfín de movimientos, gimnasias, ejercicios, danzas,…, rituales sagrados, en su búsqueda de lo inefable.

A nivel corporal, la estructura que mejor representa lo espiritual es el hueso, en lo más interior del cuerpo. El hueso es lo más profundo, lo más estructural -valga la redundancia-, de la constitución humana. En el ser vivo, el hueso viene recubierto necesariamente por el músculo, y éste a su vez por la piel, como estructuras básicas. Para que el hueso (lo espiritual) pueda conectarse con el exterior, debe atravesar obligatoriamente el músculo y la piel, siendo el músculo la estructura que mejor manifiesta la fuerza (de la voluntad), relacionado también con el grado de implicación o compromiso, y la piel (junto con todos los órganos de los sentidos), donde reside la sensibilidad. También lo podemos ver a la inversa: en el proceso hacia la espiritualidad, hay que profundizar desde lo más superficial, la piel (la sensibilidad), hasta lo más profundo, el hueso, pasando por el músculo (el compromiso).

Piel, músculo y hueso suponen estados de consciencia diferentes en profundidad.

Los tejidos corporales principales nos indican esos 3 niveles básicos de profundidad: – la piel, el nivel más superficial, donde reside la sensibilidad y los sentidos, la percepción sensorial, la conexión con el exterior; – el hueso, el nivel más profundo o interior; y, entre ambos, – el músculo, nivel que hay que atravesar para llegar de la piel (sensibilidad) al hueso (espiritualidad), o, viceversa, para conectar el hueso (la espiritualidad) con el exterior, a través de la piel (la sensibilidad).

Piel – músculo – hueso configuran un recorrido desde lo más exterior hacia lo más interior del ser humano, desde la sensibilidad a la espiritualidad, pasando obligatoriamente por una zona intermedia (el músculo), que se relaciona con el compromiso.

El hueso es la estructura básica, el esqueleto del edificio humano, pero, paradójicamente, es frágil y rígido a la vez; precisa, para poder moverse, por un lado, de las articulaciones (las conexiones entre los huesos), para realizar un movimiento libre (aunque pasivo), y, por otro lado, de los músculos, para conseguir que el movimiento sea activo, voluntario. La libertad de movimiento reside en las articulaciones, que compensan la rigidez de los huesos, y permiten que se doblen/dobleguen sin romperse. El músculo, en cambio, le da la fuerza (que le falta) al hueso, la consistencia, para evitar que se quiebre, para compensar su fragilidad. Ambos, articulaciones y músculos, por mecanismos distintos, otorgan flexibilidad a los huesos. Los huesos sin las articulaciones no podrían doblarse, moverse, por su rigidez; sin los músculos, se quebrarían fácilmente, se fracturarían, por su fragilidad. A su vez, el músculo (el compromiso) sin el hueso (lo espiritual) no tendría estructura de sostén, sería una masa amorfa; el hueso le confiere al músculo la forma, el molde donde sujetarse, anclarse, haciendo las veces de contenedor, y le da sentido a su fuerza (objetivo a su compromiso), al posibilitar el movimiento activo del esqueleto. La piel, a su vez, les proporciona al músculo y al hueso sensibilidad para conectarse con el exterior; sin ella, el músculo es fuerza bruta (animal, violenta), y el hueso (lo espiritual), una quimera, una utopía, por su desconexión del exterior.

Pinocchio (los títeres en general) es un arquetipo de la espiritualidad sin músculo; su estructura de madera remeda el esqueleto óseo, también con sus articulaciones, pero no puede moverse por sí mismo, tiene libertad (de movimientos), pero no tiene voluntad propia, no puede ejercer esa libertad, depende de su creador, del titiritero que lo maneja a su antojo; y, aún cuando cobra vida, sus movimientos no tienen flexibilidad, son rígidos, por esa ausencia muscular.

Por analogía, podemos decir que la espiritualidad per se, sin compromiso ni sensibilidad, es frágil y rígida, inflexible como el hueso. El fanatismo religioso no es más que una expresión de la espiritualidad sin sensibilidad (hueso sin piel), que con compromiso (músculo) puede llevar hasta el extremo de la autoinmolación, y sin compromiso, hasta el delirio religioso. La espiritualidad con compromiso pero sin sensibilidad (hueso con músculo pero sin piel) es fuerte y flexible a la vez, pero sin relación con el exterior, con el entorno, con las necesidades reales de la sociedad donde reside.

Y la espiritualidad con sensibilidad pero sin compromiso (hueso con piel pero sin músculo) es espiritualidad “light” (al estilo New Age, Nueva Era), conectada con el entorno, con consciencia de las necesidades de la sociedad, pero sin fuerza de resolución y/o sin ganas de implicarse, de comprometerse (sin músculo), eso sí, con una gran preocupación egocentrista (de “crecimiento personal/evolución espiritual”, por supuesto) y una gran sensibilidad, ecológica entre otras.

LAS RODILLAS: MI FLEXIBILIDAD, MI AMOR PROPIO, MI ORGULLO, MI TESTARUDEZ.

Las rodillas son la segunda articulación de las piernas. Cargan el peso del cuerpo cuando estamos de pie y se necesitan para caminar, para subir y bajar escalones, para sentarse, para descender, etc.

Las rodillas se relacionan con el orgullo, el sometimiento, la modestia y la humildad. Representan nuestra capacidad de ceder, de soltar, en nuestra relación con los otros. No querer doblegar las rodillas indica una actitud orgullosa e inflexible. Caer de rodillas es una llamada a la humildad, a que abandonemos la arrogancia o el orgullo respecto a alguna situación que estemos viviendo.

En astrología se dice que el signo de capricornio controla la articulación de la rodilla y el regente de este signo es Saturno. Tal vez por ese motivo se dice que las personas muy “saturninas” (es decir rígidas) suelen acabar con problemas de rodillas

En el maestro y las magas, Alejandro Jodorowsky explica que cada una de nuestras edades vive en nosotros. Si los huesos son seres, las articulaciones son puentes por donde hemos de atravesar el tiempo. Dice respecto a las rodillas:

“Asalta esa fortaleza al parecer inexpugnable que son tus rodillas. Por delante presentan una coraza al mundo, pero detrás, en la intimidad, te ofrecen la sensualidad del adolescente.

Las rodillas conquistan el mundo, te permiten ocupar como un rey tu territorio, son los caballos feroces de tu carro. Pero si no sigues subiendo, madurando, ahí te quedarás, encerrado en tu castillo”

Las lesiones de menisco, constituido por cartílago que hacen posible la articulación y rotación de la rodilla, se producen a causa del sobreesfuerzo. Puede que con una excesiva actividad exterior, huyamos desmesuradamente de solucionar algún conflicto interior. Tras la operación de menisco, los afectados deben restringir el movimiento. A este proceso, sería conveniente que le siguiera una toma de conciencia de cuales son nuestros límites y de que manera los estamos trascendiendo, al tiempo que nos deberíamos preguntar de qué asunto íntimo estamos “queriendo escapar”.

Los dolores en las rodillas son aliados que nos pueden ayudar a reflexionar sobre nuestra relación con la jerarquía: la dominación y el sometimiento con lo que nos rodea; sobre nuestra excesiva rigidez; e incluso nos puede invitar a dar un repaso autobiográfico de nuestra salida del mundo adolescente, por si algo que allí no se terminó de elaborar, sigue llamando nuestra atención a través de alarmas en la zona corporal que representa a esa edad, las rodillas. Si no dedicamos tiempo y energía a solucionar los problemas del “submundo” referidos a lo anterior, todo ese tiempo y energía se concentra en una hiperactividad fuera de nosotros, demasiado orgullosos e inflexibles para admitir que debemos transformarnos, y en esta huída desmesurada, se rompen los límites de nuestra capacidad física, dando problemas en los meniscos.

En lugar de vivir estos problemas de salud como algo negativo y sin sentido, sería mejor escucharlos como si de maestros se trataran. Seguro que traen un mensaje sanador para nosotros.

Publicado por Violeta Zurkan
Fuente: Correo del Ram

La importancia/necesidad del maestro o guía espiritual

Quien no tiene guía, Satán es su guía”.- Dicho sufí, registrado por Sheij Ahmed al-‘Arabi ad- Darqawi, maestro sufí (“The Darqawi Way. Letters from the shaykh to the fuqara”)[i]

«Si no conoces el camino, no te adentres en él solo y busca un buen guía».- Mawlânâ Yalâl al-Dîn Rûmî (Mesneví II, 747).[ii]

No es maestro quien no brinde generosamente su secreto,
quien no atienda a su discípulo más que a sí mismo,
y le retire los velos que le cubren el corazón
y le impiden llegar a la Morada Suprema,…
”.- Sheij Ahmed al-Alawî (Dîwân. Qasida 1)[iii]

 

¿A alguien se le ocurre aventurarse en cualquier terreno desconocido (disciplina técnica, científica, artística, viaje, etc.) sin un guía que le oriente, sin un maestro que le enseñe?

Cuanto más dificultoso sea el terreno a explorar, a conocer, a descubrir, más necesario será un maestro, un guía; y la dificultad depende también de las habilidades propias del estudiante o viajero, por supuesto. Tal vez sea fácil para nosotros p.ej. realizar un viaje a un país europeo, sólo con la información escrita de una guía de viajes (por la cercanía y proximidad en costumbres en general), pero será más difícil si nos planteamos un viaje a los Himalayas o a la Conchinchina.

Los libros (Internet, actualmente) pueden aportar mucha información, pero la transmisión oral es en muchos aspectos imprescindible. La experiencia directa del aprendizaje personalizado es insustituible cuanto más prácticas son las enseñanzas, o cuando se trata de poner en práctica la teoría aprendida. La teoría es más fácil encontrarla en los textos, pero la práctica requiere una persona física que la transmita, siguiendo la fórmula de enseñanza tradicional maestro/aprendiz, maestro/alumno, maestro/discípulo.

Son muy pocos los que tienen capacidad para aprender por su cuenta cualquier disciplina, pero si se trata de disciplinas eminentemente prácticas, el número de autodidactas se reduce todavía más. Si, además, aludimos al terreno espiritual, al igual que ocurre con el artístico y el científico, pero quizás todavía más resbaladizo que los demás por más desconocido, la cosa todavía se complica más, pues se requiere de lo que se llama inspiración, don muy escaso, que raramente se manifiesta sin un riguroso trabajo previo.

Si, finalmente, todo lo dicho lo aplicamos al terreno espiritual que ahora nos concierne, la complicación es evidente, pues nos referimos a un ámbito muy desconocido, sin referencias más o menos objetivas ni normas convencionales de transmisión del conocimiento (sin programas de enseñanza ni títulos acreditativos formales); lo que hace especialmente dificultoso, incluso peligroso, el emprender una aventura a ciegas, sin conocer el itinerario con antelación para poder hacer previsiones, en ausencia de mojones que nos indiquen las etapas del proceso que hay que realizar. Sería como plantearnos un viaje a la Conchinchina de nuestra propia alma.

Aventurado tanto si nos queremos fiar de nuestra propia intuición (el preconizado “guía interior” de la espiritualidad new age), que puede confundirse y solaparse fácilmente con nuestro ego, como si depositamos la confianza en cualquiera que se ofrezca para guiarnos, pues como en cualquier terreno o disciplina poco regulado da pie a que se produzca más fraude, donde medren muchos desaprensivos, que se muevan, consciente o inconscientemente (por falta de un desarrollo espiritual real suficiente pero, sobre todo, por ignorancia), incluso con pretendida buena fe, por sus propios intereses egoístas.

Un maestro o guía espiritual es alguien que ha completado su proceso de maduración personal con total consciencia del proceso realizado, conociendo todos sus vericuetos y habiendo resuelto todos los conflictos encontrados, tras haber recorrido múltiples veces el itinerario desde su sensibilidad (percepción sensorial) hasta lo más trascendente de sí mismo (su espiritualidad), pasando por todos los aspectos de su ego que le impidieron avanzar en su momento y superándolos, mediante la vivencia no evasiva y la resolución de todas sus crisis, llegando al objetivo explícito de asumir el compromiso de llegar a desarrollarse lo suficiente en su dimensión espiritual para ayudar a los demás a realizar ese mismo proceso de evolución personal, mediante su guía y acompañamiento. Además, deberá tener ciertas cualidades y habilidades personales (carisma), que le facilitarán el contacto y las relaciones con los demás.

Sin embargo, es importante tener en cuenta que una persona que ha llegado a ese grado de perfección humana no vive exenta de conflictos personales, problemas cotidianos, no puede bajar la guardia, al contrario, muchas veces las dificultades a lidiar (las “pruebas” personales) son cada vez más fuertes y de un grado de dificultad mayor, en proporción al nivel alcanzado, al igual que ocurre en el aprendizaje de cualquier otra disciplina, que el alcanzar niveles superiores proporciona la capacidad de afrontar retos mayores, pero al mismo tiempo mayores riesgos y compromisos. De ello, también encontramos pruebas y descripciones en las biografías de “santos” de todas las tradiciones espirituales.

Al igual que hay guías turísticos (guías de viajes, de caminos, de montaña), así como toda disciplina humana requiere de un maestro/profesor que la enseñe, existen guías de procesos (médicos, terapeutas, psicólogos, gurús,…); y, ambos, tienen (o deberían tener) características similares: -han realizado el proceso (el camino) muchas veces, por lo que lo conocen bien; -conocen distintas alternativas, en las diversas fases del proceso (etapas del camino), que pueden adaptar a distintas personas y utilizar como atajos; -asumen el compromiso del acompañamiento durante una etapa del proceso o hasta el final, según su contrastada competencia, poniéndose los primeros cuando se presentan riesgos o dificultades no bien trillados; etc. Además, por supuesto, existen distintas formas de realizar ese acompañamiento del proceso del que se trate, según la personalidad del guía; y no todos los guías son idóneos para todas las personas.

 

[i] http://www.scribd.com/doc/96341123/The-Darqawi-Way-the-Letters-of-Shaykh-Mawlay-Al-Arabi-Ad-Darqawi#scribd

[ii] http://instituto-sufi.blogspot.com.es/2014/07/maestros-de-la-senda.html

[iii] http://tasawf.blogspot.com.es/2011/02/luz-sobre-luz-por-el-sheikh-ahmad-al.html