El concepto de “puente” en el trabajo corporal de Aziza

Aziza definía “puente” como el espacio entre dos códigos.

Un “código” es un espacio o terreno conocido, que no ofrece sorpresas, en el que todo es previsible, donde se han creado hábitos de comportamiento que facilitan el estar en él.

En la psicología actual se habla de la ‘zona de confort’, equiparable al concepto de código; salir de la zona de confort sería salir de un código para situarse en un puente, normalmente en tránsito hacia otro código.

El “puente”, al contrario del código, es un espacio o terreno totalmente desconocido, del que no conocemos las normas por las que se rige, en todo caso habrá que descubrirlas, y ese descubrirlas comporta una aventura con riesgos, que facilita, por otra parte, el que desarrollemos habilidades y capacidades que quizás desconocíamos de nosotros mismos; es un lugar donde nada es previsible, no tenemos puntos de referencia a priori para situarnos, tenemos que irlos creando sobre la marcha.

En ese sentido, nuestra casa y nuestro trabajo, p.ej. son dos códigos, pero el trayecto entre nuestra casa y nuestro trabajo supone un puente; en él pueden suceder cosas imprevistas, pues está expuesto a otras variables que no están tanto bajo nuestro control. Si ese trayecto se repite siempre el mismo, en el que se hacen las mismas cosas, llegando a crear hábitos o rutinas, entonces se podrá convertir en otro código; y los nuevos puentes que se crearán serán entre nuestra casa y el transporte al trabajo, y entre éste y nuestro trabajo.

Nuestro territorio, nuestro país, es un código para nosotros; salir de viaje supone entrar en un puente, al visitar países desconocidos, culturas distintas con idiomas diferentes. Cuanto más alejado esté nuestro destino de nuestra cultura en general, más componentes de “puente” tendrá para nosotros y menos de “código”, y al revés, cuanto más cerca de nuestra cultura, más componentes de “código” tendrá para nosotros y menos de “puente”.

 

Características específicas, ventajas y desventajas de los códigos y los puentes

En los códigos nos sentimos seguros, porque conocemos las referencias, sabemos movernos dentro de ellos, pocas cosas nos resultan nuevas, todo es un ‘déjà vue’, no esperamos sorpresas ni cambios. En ellos nos movemos por rutinas aprendidas, que tienen la gran ventaja de que nos hacen perder menos tiempo y energía.

En los puentes, es todo lo contrario, no conocemos el terreno que pisamos, podemos tener sorpresas (agradables o desagradables, ¡no lo sabemos!), los imprevistos pueden producirse en cualquier momento, hay que estar preparado para cualquier eventualidad, podemos estar en peligro sin ni siquiera saberlo (sin darnos cuenta). Hay que estar más alerta, más atento, más observador, cada detalle puede ser un indicio o un signo de algún peligro potencial. Todo ello comporta que los puentes sean lugares de mayor consciencia, porque requieren de nuestra mayor atención, para poder actuar en consecuencia a los acontecimientos que no prevemos.

A nivel corporal, mental/emocional/vital/acción[1] son códigos, mientras las zonas intermedias entre ellas son los puentes: el cuello, la cintura, las ingles. Vamos a analizar los significados y las implicaciones de esos significados.

Los puentes son zonas de paso, de conexión entre dos orillas, entre dos zonas bien  diferenciadas, son la tierra de nadie (‘no man’s land’) a nivel corporal, las fronteras entre las estructuras corporales conocidas, lugares que requieren mayor atención y mayor consciencia para poder descubrir sus pautas. Es donde se sitúan los mayores bloqueos físicos, las contracturas musculares, que remiten a bloqueos en otras esferas más profundas (mentales, emocionales, energéticas), y que derivan finalmente en una merma de libertad personal (de movimiento, de sentimiento y de pensamiento).

 

El cuello: puente entre la cabeza y el pecho

El movimiento amplio y libre del cuello, permitiendo la movilidad de la cabeza hacia todos los lados, supone la adecuada unión mental-emocional, del pensamiento con el sentimiento; pensar y sentir al unísono, coordinados, sin contradicción entre lo que se siente y lo que se piensa. “Pensar el sentimiento, sentir el pensamiento”, escribía Miguel de Unamuno.

Cuando existen bloqueos en el cuello, se limita el movimiento de la cabeza, se producen rigideces musculares cervicales, y el dolor en definitiva no permite toda la amplitud de movimiento posible. Ese bloqueo, esa rigidez, es un reflejo de la rigidez que se instala simultáneamente a nivel mental, en el pensamiento, con ideas rígidas y poco flexibles, al no poder contrastarse con las propias emociones. También a nivel emocional, las emociones no fluyen en concordancia con las ideas, y aunque éstas sean más tolerantes (teóricamente), en la práctica las emociones que las acompañan las hacen igual o más intolerantes. Por muy buenas ideas que tengamos, si el adversario intelectual nos produce rabia, envidia o pasión (p.ej.), que no podemos contener, canalizar o transformar, esas emociones en poco tiempo contaminarán nuestras “buenas” ideas y las degenerarán.

Si no hay bloqueos, las emociones sanas se pueden manifestar adecuadamente, en el momento preciso, de acuerdo y al unísono con las ideas. Ideas y sentimientos concuerdan, brotan espontáneamente, sin represiones ni limitaciones de ningún tipo. Las ideas hay que llegar a amarlas para hacerlas humanas; para sacarlas del frío encuadre del soporte escrito y verbalizarlas, se precisa de alguien que ponga en palabras lo que piensa, y que lo haga de forma emotiva, no sólo fría y cerebral.

Por eso, se dice que el conocimiento sin amor no es sabiduría, y el amor sin conocimiento (el “amor ciego”) no es amor verdadero. Para amar algo o a alguien hay que conocerlo. Para conocer algo o a alguien hay que amarlo. Y esto se refiere tanto a las personas como a cualquier disciplina o conocimiento.

 

La cintura: puente entre el pecho y la pelvis

El libre movimiento de la cintura, permitiendo que la pelvis bascule libremente hacia todos los lados, en todos los sentidos, supone una correcta unión emocional-vital, una sincronía entre las emociones y la vitalidad.

Para que las más bajas pasiones humanas no lleven a un comportamiento desmesurado precisan de su contención, de su compromiso, mediante su conexión con los sentimientos y, a través de ellos, con los pensamientos. Así, el sexo sin sentimientos, tan de moda en los tiempos que corren, no está acorde con la naturaleza humana, forma parte de la naturaleza puramente animal, que se mueve por instintos básicos de reproducción y satisfacción inmediata y compulsiva, sin conciencia de motivaciones ni objetivos. La tan manoseada frase ‘hacer el amor’ sólo tiene sentido cuando existe la adecuada mezcla de sexo y sentimiento. La no realización sexual también puede ser fuente de conflicto y malestar si no se canaliza adecuadamente mediante una acción coherente.  Pero no toda la vitalidad se reduce al sexo, que siendo un aspecto importante, no es el único, se acompaña de muchas otras acciones que requieren un esfuerzo físico relevante, un gasto de energía significativo, para su ejecución.

Los bloqueos a nivel de la cintura impiden que la energía fluya entre la parte emocional y la vital, provocando estancamientos en uno o ambos niveles, lo que puede conllevar desequilibrios que repercutan en la salud y el bienestar general.

 

Las ingles: puente entre la pelvis  y las piernas

La flexibilidad a nivel inguinal, que permite la máxima movilidad de las articulaciones de las caderas (coxofemorales) y, como consecuencia, de todas las piernas, supone que la energía vital generada se reparte y fluye hacia el exterior en acciones proporcionadas.

Los bloqueos a nivel inguinal no permiten que la acción aparezca de forma consecuente como resultado de la elaboración mental, impregnada de sentimiento y potenciada por la energía vital, lo cual produce una saturación en los diversos niveles, con sus específicas nefastas consecuencias.

Las posturas de meditación budista clásicas (postura del loto) y muchas asanas del yoga trabajan la flexibilidad, especialmente en este puente inguinal.

 

Pensar, sentir y actuar pueden funcionar sincrónicamente cuando no existen bloqueos en los puentes entre los niveles mental-emocional, emocional-vital y vital-acción, cuando la energía generada a nivel vital fluye libremente y se combina y se reparte proporcionalmente entre los demás niveles (mental, emocional y acción).

El conocimiento de las implicaciones que comporta cada uno de los puentes, junto a su experimentación personal, intransferible e inalienable con el propio cuerpo, nos proporciona las claves corporales – por tanto ligadas estrictamente a la naturaleza humana- más allá de especulaciones teóricas, que nos permiten entender en toda su complejidad las dificultades inherentes a la coherencia entre todas las dimensiones del ser humano, y nos pueden dar la certeza de que resolviendo los bloqueos originados en los puentes se nos facilitarán los procesos propios de transformación vital.

[1] v. artículo Los niveles corporales y sus conexiones (“puentes”)