Percepción espacial: las líneas direccionales

Es el primer paso en la línea natural de lo higiénico.

La entrada en el espacio supone una exploración inicial para conocer el terreno. Aquí se sitúa el trabajo con las líneas direccionales, la vertical y la horizontal en un primer momento, luego la diagonal y la espiral. La vertical conecta Cielo y Tierra, nos conecta con lo elevado, con el Espíritu, sin perder las raíces. La horizontal  nos conecta con los demás, con la solidaridad, la hermandad, con la empatía hacia el otro. La combinación de vertical y horizontal nos lleva a la diagonal, donde ambos componentes están presentes. Y esa diagonal, puesta en movimiento circular continuo, configura la espiral.

Mediante el movimiento con las líneas direccionales exploramos el espacio en todas direcciones, adaptando el movimiento de las diferentes partes corporales a la forma y sentido de cada línea. Ello nos da conocimiento del espacio en que nos movemos, proporcionándonos seguridad. Imaginemos un ciego, que intenta explorar el espacio a su alrededor con un palo, lanzando el palo hacia todas las direcciones para saber que hay en ellas, hacia delante, hacia atrás, hacia los lados, hacia arriba y hacia abajo; con ese conocimiento básico, el ciego puede avanzar sin miedo, sabiendo que el terreno es seguro. Nuestro cuerpo hace la función del palo del ciego, siendo un instrumento mucho más perfecto y sofisticado, junto al órgano visual y a los demás órganos de los sentidos (oído, olfato, tacto, gusto).

En ausencia de la suficiente percepción espacial se produce ANSIEDAD, miedo, impedimento que se genera en este momento y no nos permite avanzar de forma sana. Si la ansiedad se desarrolla de forma extrema y patológica, puede llegar a producirse una PSICOPATÍA.

Toda disciplina empieza por un aprendizaje básico del terreno en el cual se desarrolla. Para el movimiento corporal el terreno es el espacio, donde el cuerpo puede moverse a sus anchas en todas direcciones. Para un aprendizaje sistemático, esas direcciones se exploran poco a poco y paso a paso, integrando el significado que comportan.

La vertical es la relación de uno con el todo. Uno está solo frente al espacio, Desde ahí puede ahondar en los más profundo de las raíces, lo que significa “los pies sobre la tierra” para incorporarse lentamente, siguiendo el esfuerzo evolutivo antropológico del ser humano, hasta conseguir la posición totalmente erecta, exclusiva del hombre, incluso alzando los brazos al cielo.

La horizontal es la relación de uno con los demás, con el colectivo. Ya no estamos solos, vivimos en comunidad, y nos necesitamos unos a otros, nos podemos ayudar para facilitarnos las cosas. Los movimientos en esa línea horizontal, sobre todo de los brazos, la parte emocional, que nos permite acercarnos y unirnos a los demás, refuerzan nuestros vínculos interpersonales, más allá de las palabras.

La diagonal es la combinación de la vertical y la horizontal; se sitúa en el margen extremo de ambas, donde confluyen y se complementan. La relación con los demás y la relación con la trascendencia; ambas simultáneamente y, al mismo tiempo, en el límite de la diferencia.

Finalmente, cuando ponemos a todas las líneas en movimiento, llegamos a la espiral, que viene a ser una diagonal replegándose sobre sí misma de forma indefinida.

Experimentar el movimiento corporal mediante las líneas direccionales es ubicar el cuerpo en la geometría del espacio, para conocer ese espacio, penetrar en él, hacerlo nuestro, y usarlo hasta las últimas consecuencias.

 

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