La importancia esencial del “stop” en el movimiento

Los stops son las pausas en el movimiento, que ayudan a marcar un ritmo. Son como los silencios en el pentagrama musical. Sin stops no hay lenguaje, sólo verborrea corporal. El lenguaje se conforma con la cadencia de movimientos y stops. El movimiento continuo regular es el propio de una máquina, no comunica nada. El organismo vivo, en cambio, comunica gracias a la irregularidad en su movimiento, al cambio de velocidad, a las pausas. El cuerpo quieto está muerto, no expresa nada; el cuerpo en movimiento continuo produce un efecto similar, paradójico: de tanto expresar no se entiende nada; es decir, existe expresión pero no lenguaje cifrado, de manera que no es comprensible, y tampoco comunica nada.

Quietud y movimiento deben alternarse y compaginarse en dosis adecuadas para establecer una comunicación eficaz. Todo quietud es muerte, todo movimiento es caos. La quietud puede afectar  sólo a algunas partes del cuerpo, de manera que mientras unas se mueven otras no, con todas las combinaciones y variantes posibles.

Al  principio del trabajo, el uso del stop era un ejercicio marcado por Aziza para disciplinar el movimiento corporal. Mientras te movías siguiendo una pauta, al grito de “stop” debíamos pararnos y mantener la postura alcanzada. Ese parón era un momento de consciencia, que te permitía analizar la postura que habías conseguido. En esa parada, conectabas con la respiración, que se solía acelerar, sentías el calor y la sudoración corporal; era un freno brusco a la aceleración conseguida, y podías observar tu propio cuerpo, la posición de cada parte, con el significado que podías incorporar a la postura. Era como un fotograma en el conjunto de la evolución del movimiento. Más adelante, el stop se integraba en el trabajo, para ser un instrumento más que facilitara la expresión total.

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Percepción espacial: las líneas direccionales

Es el primer paso en la línea natural de lo higiénico.

La entrada en el espacio supone una exploración inicial para conocer el terreno. Aquí se sitúa el trabajo con las líneas direccionales, la vertical y la horizontal en un primer momento, luego la diagonal y la espiral. La vertical conecta Cielo y Tierra, nos conecta con lo elevado, con el Espíritu, sin perder las raíces. La horizontal  nos conecta con los demás, con la solidaridad, la hermandad, con la empatía hacia el otro. La combinación de vertical y horizontal nos lleva a la diagonal, donde ambos componentes están presentes. Y esa diagonal, puesta en movimiento circular continuo, configura la espiral.

Mediante el movimiento con las líneas direccionales exploramos el espacio en todas direcciones, adaptando el movimiento de las diferentes partes corporales a la forma y sentido de cada línea. Ello nos da conocimiento del espacio en que nos movemos, proporcionándonos seguridad. Imaginemos un ciego, que intenta explorar el espacio a su alrededor con un palo, lanzando el palo hacia todas las direcciones para saber que hay en ellas, hacia delante, hacia atrás, hacia los lados, hacia arriba y hacia abajo; con ese conocimiento básico, el ciego puede avanzar sin miedo, sabiendo que el terreno es seguro. Nuestro cuerpo hace la función del palo del ciego, siendo un instrumento mucho más perfecto y sofisticado, junto al órgano visual y a los demás órganos de los sentidos (oído, olfato, tacto, gusto).

En ausencia de la suficiente percepción espacial se produce ANSIEDAD, miedo, impedimento que se genera en este momento y no nos permite avanzar de forma sana. Si la ansiedad se desarrolla de forma extrema y patológica, puede llegar a producirse una PSICOPATÍA.

Toda disciplina empieza por un aprendizaje básico del terreno en el cual se desarrolla. Para el movimiento corporal el terreno es el espacio, donde el cuerpo puede moverse a sus anchas en todas direcciones. Para un aprendizaje sistemático, esas direcciones se exploran poco a poco y paso a paso, integrando el significado que comportan.

La vertical es la relación de uno con el todo. Uno está solo frente al espacio, Desde ahí puede ahondar en los más profundo de las raíces, lo que significa “los pies sobre la tierra” para incorporarse lentamente, siguiendo el esfuerzo evolutivo antropológico del ser humano, hasta conseguir la posición totalmente erecta, exclusiva del hombre, incluso alzando los brazos al cielo.

La horizontal es la relación de uno con los demás, con el colectivo. Ya no estamos solos, vivimos en comunidad, y nos necesitamos unos a otros, nos podemos ayudar para facilitarnos las cosas. Los movimientos en esa línea horizontal, sobre todo de los brazos, la parte emocional, que nos permite acercarnos y unirnos a los demás, refuerzan nuestros vínculos interpersonales, más allá de las palabras.

La diagonal es la combinación de la vertical y la horizontal; se sitúa en el margen extremo de ambas, donde confluyen y se complementan. La relación con los demás y la relación con la trascendencia; ambas simultáneamente y, al mismo tiempo, en el límite de la diferencia.

Finalmente, cuando ponemos a todas las líneas en movimiento, llegamos a la espiral, que viene a ser una diagonal replegándose sobre sí misma de forma indefinida.

Experimentar el movimiento corporal mediante las líneas direccionales es ubicar el cuerpo en la geometría del espacio, para conocer ese espacio, penetrar en él, hacerlo nuestro, y usarlo hasta las últimas consecuencias.

 

El lenguaje del movimiento como método (de aprendizaje)

Un método es un instrumento que si se sigue desde el principio hasta el final te lleva adonde querías ir cuando partiste.

Un método es un camino seguro y efectivo para conseguir llegar a un objetivo.

El método científico, p.ej., usado en casi todas las ciencias actuales, tiene una serie de requisitos y condiciones, que si se cumplen permiten conseguir unos resultados más o menos regulares.

Un método es una sistematización de procedimientos para conseguir un fin determinado.

Fuera del ámbito de las ciencias, existen también métodos para aproximarse a la realidad, unos más reducidos, otros menos, según la amplitud del campo de lo real que pretenden abarcar, incluyendo algunos realidades más o menos amplias, la realidad objetiva y la subjetiva, la realidad física y la mental, la realidad inmanente y la trascendente, etc.

El  método estricto en la práctica del lenguaje del movimiento es ceñirse a la investigación con el cuerpo, sin ideas preconcebidas, y aceptando los resultados de dicha investigación como parámetros y orientación válidos para seguir investigando. El propio lenguaje del movimiento marca sus reglas, que hay que seguir para ser coherente. Los referentes no hay porqué buscarlos fuera, en otras disciplinas; aunque algunos pueden ayudar, muchos despistan, al referirse a códigos y lenguajes diferentes. El lenguaje del movimiento construye su propio lenguaje en la medida en que se utiliza, dentro de los propios referentes, que siempre son el cuerpo, el cuerpo en movimiento, el cuerpo en movimiento en el espacio. Todo lo demás es accesorio o superfluo.

La evidencia de que el método es válido la confiere su experimentación en la propia piel y los cambios apreciables en la propia vida. Es una experiencia subjetiva, que se hace objetiva al ser compartida  por varios. Al tratar aspectos vitales, los cambios, aunque previsibles a veces, no siempre se pueden prever en cada persona en particular. El mismo ejercicio, la misma secuencia de movimientos, a uno le puede provocar unas modificaciones distintas que a otro; y, también, distintos movimientos pueden producir cambios similares en sujetos diferentes. Pero, hay algo en común, en todos ellos: si se sigue todo el proceso, paso a paso, se transita por los mismos senderos, aunque no hayan sido trazados previamente, y se llega a la misma meta.

El trabajo en sí mismo implica un proceso de aprendizaje del propio trabajo, en sucesivas etapas, pero al mismo tiempo es un modelo de proceso de aprendizaje general, aplicable a cualquier disciplina. Las facilidades, las dificultades, los esfuerzos, los obstáculos, todas las vicisitudes que encuentras durante su aprendizaje son un reflejo de esas mismas vicisitudes que ocurren en el mismo individuo en cualquier faceta de su vida, en cualquier cosa que se ponga a aprender y a desarrollar.

También configura un modelo de evolución o maduración del ser humano, que en definitiva es lo que conlleva cualquier proceso de aprendizaje, pero incorporando, ineludiblemente, el aspecto trascendente de la vida humana. Es, pues, un modelo, una guía, para trascender los aspectos más burdos de la vida, y poder acceder a aquellos más sutiles. Su utilización especial, en el trabajo corporal, es como modelo de evolución humana, de crecimiento personal y espiritual.

Aziza decía que actualmente los métodos verbales, basados en la palabra, ya no eran efectivos para ayudar a evolucionar, porque su excesivo conocimiento permite un control y una manipulación que facilita el autoengaño. Los métodos efectivos para ayudar a la evolución del ser humano de forma real, efectiva, por lo tanto útiles, en nuestra época, al menos en Occidente (que, con la globalización, prácticamente abarca a la mayor parte del mundo), deben ser métodos no verbales, basados en el lenguaje corporal, lenguaje que todavía no conocemos suficiente y, por lo tanto, no podemos controlar ni manipular a nuestro antojo.

Las pistas, los signos, los indicios, que nos da nuestro cuerpo en movimiento, dentro de un marco teórico de referencia –construido por Aziza a partir de su propia autoexperimentación y la confirmación con la experimentación en otras personas-, son orientaciones fiables, mojones en el trayecto desconocido de antemano, que nos permiten avanzar paso a paso siguiendo un camino bien trazado, un camino ya transitado previamente por Aziza, con la confirmación de que ese camino la llevó al destino buscado (el ámbito de la contemplación, la creatividad y la espiritualidad auténticas).

Algunos alumnos, sobre todo al principio, consideraban este trabajo muy intuitivo, porque Aziza ciertamente era muy intuitiva. Pero el trabajo corporal iba mucho más allá de lo intuitivo, seguía unas pautas sistemáticas con un impecable rigor metodológico. Lo cierto es que Aziza, al principio, nunca daba las claves en las que se basaba (y ello, al no ofrecer referencias teóricas, confundía en cierta medida al neófito), sólo pedía la participación incondicional para poder experimentar con el cuerpo, sin ideas preestablecidas ni prejuicios de antemano. Para ello, sí daba las referencias corporales básicas para poder moverse y aprender desde cero este lenguaje. Como todo lenguaje nuevo, había que aprenderlo a partir del abc, y poco a poco se iba ampliando y haciéndose más complejo. En una fase ya avanzada del trabajo, de haberlo practicado y de haberlo comprobado, Aziza empezaba a dar algunas claves teóricas, que ella había deducido y elaborado a partir de su propia experimentación y de su confirmación en la experiencia (corporal) en otros. Por eso, no te dabas cuenta que estabas usando un método de conocimiento muy elaborado y complejo hasta después de mucho tiempo de práctica.

Según la formación de cada uno, el aprendizaje teórico del método podía ser más o menos difícil. Pero el aprendizaje práctico era muy ilustrativo, y dejaba poco espacio a las dudas; es decir, solía ser suficiente el haberlo practicado para entenderlo en toda su complejidad, sin las limitaciones propias de una formación exclusivamente intelectual. Ese aprendizaje práctico era asequible a todo el mundo, que estuviera dispuesto a moverse al compás de las directrices de Aziza.

Piel / músculo / hueso

En el ser humano la espiritualidad es indefectiblemente corporal; no existe espiritualidad humana sin cuerpo, acorporal, ese es el patrimonio exclusivo si cabe de los ángeles (seres sin cuerpo). Por ello, la humanidad se ha inventado a lo largo de los siglos un sinfín de movimientos, gimnasias, ejercicios, danzas,…, rituales sagrados, en su búsqueda de lo inefable.

A nivel corporal, la estructura que mejor representa lo espiritual es el hueso, en lo más interior del cuerpo. El hueso es lo más profundo, lo más estructural -valga la redundancia-, de la constitución humana. En el ser vivo, el hueso viene recubierto necesariamente por el músculo, y éste a su vez por la piel, como estructuras básicas. Para que el hueso (lo espiritual) pueda conectarse con el exterior, debe atravesar obligatoriamente el músculo y la piel, siendo el músculo la estructura que mejor manifiesta la fuerza (de la voluntad), relacionado también con el grado de implicación o compromiso, y la piel (junto con todos los órganos de los sentidos), donde reside la sensibilidad. También lo podemos ver a la inversa: en el proceso hacia la espiritualidad, hay que profundizar desde lo más superficial, la piel (la sensibilidad), hasta lo más profundo, el hueso, pasando por el músculo (el compromiso).

Piel, músculo y hueso suponen estados de consciencia diferentes en profundidad.

Los tejidos corporales principales nos indican esos 3 niveles básicos de profundidad: – la piel, el nivel más superficial, donde reside la sensibilidad y los sentidos, la percepción sensorial, la conexión con el exterior; – el hueso, el nivel más profundo o interior; y, entre ambos, – el músculo, nivel que hay que atravesar para llegar de la piel (sensibilidad) al hueso (espiritualidad), o, viceversa, para conectar el hueso (la espiritualidad) con el exterior, a través de la piel (la sensibilidad).

Piel – músculo – hueso configuran un recorrido desde lo más exterior hacia lo más interior del ser humano, desde la sensibilidad a la espiritualidad, pasando obligatoriamente por una zona intermedia (el músculo), que se relaciona con el compromiso.

El hueso es la estructura básica, el esqueleto del edificio humano, pero, paradójicamente, es frágil y rígido a la vez; precisa, para poder moverse, por un lado, de las articulaciones (las conexiones entre los huesos), para realizar un movimiento libre (aunque pasivo), y, por otro lado, de los músculos, para conseguir que el movimiento sea activo, voluntario. La libertad de movimiento reside en las articulaciones, que compensan la rigidez de los huesos, y permiten que se doblen/dobleguen sin romperse. El músculo, en cambio, le da la fuerza (que le falta) al hueso, la consistencia, para evitar que se quiebre, para compensar su fragilidad. Ambos, articulaciones y músculos, por mecanismos distintos, otorgan flexibilidad a los huesos. Los huesos sin las articulaciones no podrían doblarse, moverse, por su rigidez; sin los músculos, se quebrarían fácilmente, se fracturarían, por su fragilidad. A su vez, el músculo (el compromiso) sin el hueso (lo espiritual) no tendría estructura de sostén, sería una masa amorfa; el hueso le confiere al músculo la forma, el molde donde sujetarse, anclarse, haciendo las veces de contenedor, y le da sentido a su fuerza (objetivo a su compromiso), al posibilitar el movimiento activo del esqueleto. La piel, a su vez, les proporciona al músculo y al hueso sensibilidad para conectarse con el exterior; sin ella, el músculo es fuerza bruta (animal, violenta), y el hueso (lo espiritual), una quimera, una utopía, por su desconexión del exterior.

Pinocchio (los títeres en general) es un arquetipo de la espiritualidad sin músculo; su estructura de madera remeda el esqueleto óseo, también con sus articulaciones, pero no puede moverse por sí mismo, tiene libertad (de movimientos), pero no tiene voluntad propia, no puede ejercer esa libertad, depende de su creador, del titiritero que lo maneja a su antojo; y, aún cuando cobra vida, sus movimientos no tienen flexibilidad, son rígidos, por esa ausencia muscular.

Por analogía, podemos decir que la espiritualidad per se, sin compromiso ni sensibilidad, es frágil y rígida, inflexible como el hueso. El fanatismo religioso no es más que una expresión de la espiritualidad sin sensibilidad (hueso sin piel), que con compromiso (músculo) puede llevar hasta el extremo de la autoinmolación, y sin compromiso, hasta el delirio religioso. La espiritualidad con compromiso pero sin sensibilidad (hueso con músculo pero sin piel) es fuerte y flexible a la vez, pero sin relación con el exterior, con el entorno, con las necesidades reales de la sociedad donde reside.

Y la espiritualidad con sensibilidad pero sin compromiso (hueso con piel pero sin músculo) es espiritualidad “light” (al estilo New Age, Nueva Era), conectada con el entorno, con consciencia de las necesidades de la sociedad, pero sin fuerza de resolución y/o sin ganas de implicarse, de comprometerse (sin músculo), eso sí, con una gran preocupación egocentrista (de “crecimiento personal/evolución espiritual”, por supuesto) y una gran sensibilidad, ecológica entre otras.

Movimiento de la “Acción”

Por caminos torcidos se aproximan todas las cosas buenas a su meta. Semejantes a los gatos, ellas arquean el lomo, ronronean interiormente ante su felicidad cercana, – todas las cosas buenas ríen.
El modo de andar revela si alguien camina ya por su propia senda: ¡por ello, vedme andar a mí! Mas quien se aproxima a su meta, ése baila.
Y, en verdad, yo no me he convertido en una estatua, ni estoy ahí plantado, rígido, insensible, pétreo, cual una columna: me gusta correr velozmente.
Y aunque en la tierra hay también cieno y densa tribulación: quien tiene pies ligeros corre incluso por encima del fango y baila sobre él como sobre hielo pulido.
¡Levantad vuestros corazones!, hermanos míos, ¡arriba!, ¡más arriba! ¡Y no me olvidéis tampoco las piernas! Levantad también vuestras piernas, vosotros buenos bailarines y aún mejor: ¡sosteneos incluso sobre la cabeza!

Friedrich Nietzsche.- Así habló Zaratustra.

 

Un baile popular iraniano que ejemplifica con excelencia el movimiento que Aziza calificaba de movimiento de la acción, mediante el movimiento concentrado en las piernas.

 

La energía generada con el movimiento de la pelvis, de la zona vital, tiene como repercusión más inmediata, saludable y directa su manifestación en la puesta en práctica, en el hacer, es decir, en la acción; es la forma adecuada de canalizar esa energía vital hacia el exterior (en sentido centrífugo), para que no quede bloqueada en el interior y vaya a revertir negativamente en sentido contrario (sentido centrípeto) hacia los planos superiores emocional y mental.

La energía vital, común a todos los seres vivos, en el ser humano -y también en los animales e incluso las plantas y los minerales- viene impregnada de forma individual de componentes mentales y emocionales, gracias a la participación de esos niveles, siempre y cuando no existan bloqueos que lo impidan. Los bloqueos se producen en las interfases o puentes (cuello y cintura) entre los distintos niveles (mental-emocional-vital).

A nivel corporal, el movimiento de sus zonas correspondientes (el de la cabeza para el nivel mental y el de los brazos -hombros y tórax- para el emocional) favorece el desarrollo de las características específicas de cada zona, y el movimiento de los puentes entre ellas ayuda a desbloquearlas, permitiendo el libre fluir de la energía por todo el cuerpo.

Los niveles corporales y sus conexiones (“puentes”)

MENTAL

Situado en la cabeza, relacionado con el pensamiento.

Para trabajar el nivel mental realizábamos movimientos con la cabeza, hacia todos los lados.

Cuando trabajábamos sólo la cabeza, los movimientos eran más suaves y sutiles que cuando incorporábamos el movimiento de todo el cuello.

cabeza1

Puente Mental-Emocional: el cuello

El cuello es una zona donde se producen muchas contracturas y rigideces musculares. Trabajábamos el cuello, para desbloquearlo, para liberarlo de esas contracturas.

La libertad de movimientos del cuello implica una buena conexión mental-emocional.

Si el movimiento del cuello está limitado, la energía no fluye, se atasca, y los dos niveles adyacentes permanecen separados, desunidos, sin moverse al unísono.

cabeza

EMOCIONAL

Localizado en el tórax, incluyendo los brazos, relacionado con el sentimiento.

El movimiento de los brazos, junto con los hombros, es el más específico para expresar corporalmente el nivel emocional.

En el baile por sevillanas, por ejemplo, se desarrolla mucho el movimiento de los brazos.

Brazos_flamencos

Puente Emocional-Vital: la cintura

Es una interfase entre el tórax y la pelvis, que a veces se confunde con la pelvis propiamente dicha. Para identificarla y diferenciarla de los demás niveles, hay que inmovilizar la pelvis y el tórax e intentar el movimiento del tronco.

VITAL

Ubicado en la pelvis.

El punto vital lo situaba Aziza dos dedos por debajo del ombligo. Es el punto de generación de la energía vital, desde donde se expande y se irradia a todo el cuerpo. Coincidiría con el segundo chakra o Svadhisthana (o centro sexual) y con el hara (centro vital de la anatomía esotérica zen).

Toda la zona pélvica es una zona especialmente rígida, sobre todo en el mundo occidental, donde se ha perdido la costumbre de sentarse en el suelo, de defecar en cuclillas, y de agacharse para realizar actividades, habiéndose incorporado el uso indiscriminado de la taza del váter y de la silla, como si fueran grandes avances del progreso.

La falta de flexibilidad en la zona pélvica provoca bloqueos de la energía a ese nivel, que no permiten la fluidez entre las partes emocional y vital. La energía aunque se genere adecuadamente en el nivel vital, quizás no puede subir hacia el emocional, o tampoco puede repercutir en un movimiento de piernas consecuente.

Para trabajar ese punto, contraíamos la zona; visualizábamos, a veces, la postura del torero con la faja del traje de luces bien ceñida en esa zona.

La danza del vientre es la que mejor ejemplifica el trabajo de la cintura y el movimiento pélvico.

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Puente Vital- Acción

Es la interfase entre la pelvis y las piernas propiamente, que situamos en las ingles.

Muchas posturas del Yoga, en particular la postura del loto, trabajan especialmente la elasticidad de esa zona.

loto yoga

ACCIÓN

Trabajábamos también con un 4º nivel, las piernas propiamente dichas, que relacionábamos con la acción. A partir de la energía generada en el nivel vital, la primera repercusión corporal más inmediata, aparte de la propia de la pelvis, es el movimiento de las piernas.

La técnica del taconeo en el baile flamenco es un ejemplo de ejercitar específicamente esa zona.

taconeo flamenco