El baile flamenco y la kundalini

La kundalini, en el marco del hinduismo, es la energía primordial (o shakti) representada simbólicamente por una serpiente, que duerme enroscada en el primer chakra (muladara), en el perineo [i].

Mediante la práctica del yoga (especialmente, el Tantra y el Kundalini yoga), la “serpiente” kuṇḍalinī subiría verticalmente a través de la columna vertebral hasta el vértex craneal, atravesando todos los chakras, hasta alcanzar la cima de la cabeza. Sería una energía evolutiva, y según el grado de activación en el individuo, condicionaría su estado de conciencia, hasta llegar a la iluminación (samadhi).[ii]

En el baile flamenco el taconeo es una técnica muy elaborada que consiste en percutir enérgicamente el suelo con los tacones; ese movimiento rítmico repercute directamente en la pelvis. Aziza consideraba, y así lo expresó en varias ocasiones, que el taconeo podía despertar la kundalini y, a la postre, permitir una elevación del estado de consciencia.

Existen varias teorías sobre el origen del flamenco. De los musulmanes de Al-Ándalus y sus cantos monocordes islámicos se componen los elementos fundamentales que definen a este género. Asimismo, tuvo bastante influencia en su desarrollo la música de los judíos que habitaban en Al-Ándalus, también las canciones populares de los cristianos que estaban en territorio de Al-Ándalus, los mozárabes, y por último el folclore de los gitanos que llegaron a España en el siglo XV[iii]. La tesis más extendida es que sólo ese mestizaje cultural que se dio en Andalucía (musulmanes, cristianos, judíos, gitanos, etc.) propició el origen de este género, ya que gitanos, cristianos, musulmanes y judíos hay en muchas partes del mundo y, sin embargo, flamenco sólo hay en Andalucía.

Actualmente la teoría más plausible es que su origen es indo-paquistaní[iv]. Por tanto, no es muy aventurado pensar que una de las técnicas de baile flamenco, como el taconeo, hundiera sus raíces en el mismo Yoga, practicado en India y Paquistán.

Pero, sea cual sea su origen, el zapateado o taconeo produce una vibración rítmica que empezando en los pies, subiendo por las piernas, y sacudiendo especialmente toda la zona pélvica, se disemina por todo el cuerpo.

En el código del lenguaje corporal de Aziza, el movimiento del zapateado es un movimiento de acción, que repercute directamente en la zona vital, donde se genera la energía; insistiendo en ese movimiento, la energía va en aumento, hasta poder llegar a un clímax, a un desborde energético. Esa energía, adecuadamente canalizada, puede ascender por el cuerpo hacia la zona emocional (tórax y brazos), atravesar el puente del cuello y seguir ascendiendo hasta la zona mental (cabeza).

Esta es la forma en que el lenguaje del movimiento creado por Aziza describía el recorrido de la energía a nivel corporal, en un sentido de abajo hacia arriba (pero también de arriba abajo), produciendo a su paso toda una serie de sensaciones, que permitían identificar bloqueos energéticos específicos según cada punto, y que mediante su desbloqueo –con el propio movimiento- se favorecía el despliegue de todas las potencialidades y capacidades individuales latentes. Podría considerarse como otra forma de describir el despertar de la kundalini y su ascensión para llegar a la iluminación.

[i] https://es.wikipedia.org/wiki/Kundalini

[ii] http://www.concienciadeser.es/chakras/kundalini.html

[iii] Blas Infante. Orígenes de lo flamenco y secreto del cante jondo, Sevilla: Junta de Andalucía, 1980.

[iv] http://hispanoteca.eu/Musik-Spanien/Flamenco/Origen%20del%20cante%20flamenco.htm

Piel / músculo / hueso

En el ser humano la espiritualidad es indefectiblemente corporal; no existe espiritualidad humana sin cuerpo, acorporal, ese es el patrimonio exclusivo si cabe de los ángeles (seres sin cuerpo). Por ello, la humanidad se ha inventado a lo largo de los siglos un sinfín de movimientos, gimnasias, ejercicios, danzas,…, rituales sagrados, en su búsqueda de lo inefable.

A nivel corporal, la estructura que mejor representa lo espiritual es el hueso, en lo más interior del cuerpo. El hueso es lo más profundo, lo más estructural -valga la redundancia-, de la constitución humana. En el ser vivo, el hueso viene recubierto necesariamente por el músculo, y éste a su vez por la piel, como estructuras básicas. Para que el hueso (lo espiritual) pueda conectarse con el exterior, debe atravesar obligatoriamente el músculo y la piel, siendo el músculo la estructura que mejor manifiesta la fuerza (de la voluntad), relacionado también con el grado de implicación o compromiso, y la piel (junto con todos los órganos de los sentidos), donde reside la sensibilidad. También lo podemos ver a la inversa: en el proceso hacia la espiritualidad, hay que profundizar desde lo más superficial, la piel (la sensibilidad), hasta lo más profundo, el hueso, pasando por el músculo (el compromiso).

Piel, músculo y hueso suponen estados de consciencia diferentes en profundidad.

Los tejidos corporales principales nos indican esos 3 niveles básicos de profundidad: – la piel, el nivel más superficial, donde reside la sensibilidad y los sentidos, la percepción sensorial, la conexión con el exterior; – el hueso, el nivel más profundo o interior; y, entre ambos, – el músculo, nivel que hay que atravesar para llegar de la piel (sensibilidad) al hueso (espiritualidad), o, viceversa, para conectar el hueso (la espiritualidad) con el exterior, a través de la piel (la sensibilidad).

Piel – músculo – hueso configuran un recorrido desde lo más exterior hacia lo más interior del ser humano, desde la sensibilidad a la espiritualidad, pasando obligatoriamente por una zona intermedia (el músculo), que se relaciona con el compromiso.

El hueso es la estructura básica, el esqueleto del edificio humano, pero, paradójicamente, es frágil y rígido a la vez; precisa, para poder moverse, por un lado, de las articulaciones (las conexiones entre los huesos), para realizar un movimiento libre (aunque pasivo), y, por otro lado, de los músculos, para conseguir que el movimiento sea activo, voluntario. La libertad de movimiento reside en las articulaciones, que compensan la rigidez de los huesos, y permiten que se doblen/dobleguen sin romperse. El músculo, en cambio, le da la fuerza (que le falta) al hueso, la consistencia, para evitar que se quiebre, para compensar su fragilidad. Ambos, articulaciones y músculos, por mecanismos distintos, otorgan flexibilidad a los huesos. Los huesos sin las articulaciones no podrían doblarse, moverse, por su rigidez; sin los músculos, se quebrarían fácilmente, se fracturarían, por su fragilidad. A su vez, el músculo (el compromiso) sin el hueso (lo espiritual) no tendría estructura de sostén, sería una masa amorfa; el hueso le confiere al músculo la forma, el molde donde sujetarse, anclarse, haciendo las veces de contenedor, y le da sentido a su fuerza (objetivo a su compromiso), al posibilitar el movimiento activo del esqueleto. La piel, a su vez, les proporciona al músculo y al hueso sensibilidad para conectarse con el exterior; sin ella, el músculo es fuerza bruta (animal, violenta), y el hueso (lo espiritual), una quimera, una utopía, por su desconexión del exterior.

Pinocchio (los títeres en general) es un arquetipo de la espiritualidad sin músculo; su estructura de madera remeda el esqueleto óseo, también con sus articulaciones, pero no puede moverse por sí mismo, tiene libertad (de movimientos), pero no tiene voluntad propia, no puede ejercer esa libertad, depende de su creador, del titiritero que lo maneja a su antojo; y, aún cuando cobra vida, sus movimientos no tienen flexibilidad, son rígidos, por esa ausencia muscular.

Por analogía, podemos decir que la espiritualidad per se, sin compromiso ni sensibilidad, es frágil y rígida, inflexible como el hueso. El fanatismo religioso no es más que una expresión de la espiritualidad sin sensibilidad (hueso sin piel), que con compromiso (músculo) puede llevar hasta el extremo de la autoinmolación, y sin compromiso, hasta el delirio religioso. La espiritualidad con compromiso pero sin sensibilidad (hueso con músculo pero sin piel) es fuerte y flexible a la vez, pero sin relación con el exterior, con el entorno, con las necesidades reales de la sociedad donde reside.

Y la espiritualidad con sensibilidad pero sin compromiso (hueso con piel pero sin músculo) es espiritualidad “light” (al estilo New Age, Nueva Era), conectada con el entorno, con consciencia de las necesidades de la sociedad, pero sin fuerza de resolución y/o sin ganas de implicarse, de comprometerse (sin músculo), eso sí, con una gran preocupación egocentrista (de “crecimiento personal/evolución espiritual”, por supuesto) y una gran sensibilidad, ecológica entre otras.

La importancia/necesidad del maestro o guía espiritual

Quien no tiene guía, Satán es su guía”.- Dicho sufí, registrado por Sheij Ahmed al-‘Arabi ad- Darqawi, maestro sufí (“The Darqawi Way. Letters from the shaykh to the fuqara”)[i]

«Si no conoces el camino, no te adentres en él solo y busca un buen guía».- Mawlânâ Yalâl al-Dîn Rûmî (Mesneví II, 747).[ii]

No es maestro quien no brinde generosamente su secreto,
quien no atienda a su discípulo más que a sí mismo,
y le retire los velos que le cubren el corazón
y le impiden llegar a la Morada Suprema,…
”.- Sheij Ahmed al-Alawî (Dîwân. Qasida 1)[iii]

 

¿A alguien se le ocurre aventurarse en cualquier terreno desconocido (disciplina técnica, científica, artística, viaje, etc.) sin un guía que le oriente, sin un maestro que le enseñe?

Cuanto más dificultoso sea el terreno a explorar, a conocer, a descubrir, más necesario será un maestro, un guía; y la dificultad depende también de las habilidades propias del estudiante o viajero, por supuesto. Tal vez sea fácil para nosotros p.ej. realizar un viaje a un país europeo, sólo con la información escrita de una guía de viajes (por la cercanía y proximidad en costumbres en general), pero será más difícil si nos planteamos un viaje a los Himalayas o a la Conchinchina.

Los libros (Internet, actualmente) pueden aportar mucha información, pero la transmisión oral es en muchos aspectos imprescindible. La experiencia directa del aprendizaje personalizado es insustituible cuanto más prácticas son las enseñanzas, o cuando se trata de poner en práctica la teoría aprendida. La teoría es más fácil encontrarla en los textos, pero la práctica requiere una persona física que la transmita, siguiendo la fórmula de enseñanza tradicional maestro/aprendiz, maestro/alumno, maestro/discípulo.

Son muy pocos los que tienen capacidad para aprender por su cuenta cualquier disciplina, pero si se trata de disciplinas eminentemente prácticas, el número de autodidactas se reduce todavía más. Si, además, aludimos al terreno espiritual, al igual que ocurre con el artístico y el científico, pero quizás todavía más resbaladizo que los demás por más desconocido, la cosa todavía se complica más, pues se requiere de lo que se llama inspiración, don muy escaso, que raramente se manifiesta sin un riguroso trabajo previo.

Si, finalmente, todo lo dicho lo aplicamos al terreno espiritual que ahora nos concierne, la complicación es evidente, pues nos referimos a un ámbito muy desconocido, sin referencias más o menos objetivas ni normas convencionales de transmisión del conocimiento (sin programas de enseñanza ni títulos acreditativos formales); lo que hace especialmente dificultoso, incluso peligroso, el emprender una aventura a ciegas, sin conocer el itinerario con antelación para poder hacer previsiones, en ausencia de mojones que nos indiquen las etapas del proceso que hay que realizar. Sería como plantearnos un viaje a la Conchinchina de nuestra propia alma.

Aventurado tanto si nos queremos fiar de nuestra propia intuición (el preconizado “guía interior” de la espiritualidad new age), que puede confundirse y solaparse fácilmente con nuestro ego, como si depositamos la confianza en cualquiera que se ofrezca para guiarnos, pues como en cualquier terreno o disciplina poco regulado da pie a que se produzca más fraude, donde medren muchos desaprensivos, que se muevan, consciente o inconscientemente (por falta de un desarrollo espiritual real suficiente pero, sobre todo, por ignorancia), incluso con pretendida buena fe, por sus propios intereses egoístas.

Un maestro o guía espiritual es alguien que ha completado su proceso de maduración personal con total consciencia del proceso realizado, conociendo todos sus vericuetos y habiendo resuelto todos los conflictos encontrados, tras haber recorrido múltiples veces el itinerario desde su sensibilidad (percepción sensorial) hasta lo más trascendente de sí mismo (su espiritualidad), pasando por todos los aspectos de su ego que le impidieron avanzar en su momento y superándolos, mediante la vivencia no evasiva y la resolución de todas sus crisis, llegando al objetivo explícito de asumir el compromiso de llegar a desarrollarse lo suficiente en su dimensión espiritual para ayudar a los demás a realizar ese mismo proceso de evolución personal, mediante su guía y acompañamiento. Además, deberá tener ciertas cualidades y habilidades personales (carisma), que le facilitarán el contacto y las relaciones con los demás.

Sin embargo, es importante tener en cuenta que una persona que ha llegado a ese grado de perfección humana no vive exenta de conflictos personales, problemas cotidianos, no puede bajar la guardia, al contrario, muchas veces las dificultades a lidiar (las “pruebas” personales) son cada vez más fuertes y de un grado de dificultad mayor, en proporción al nivel alcanzado, al igual que ocurre en el aprendizaje de cualquier otra disciplina, que el alcanzar niveles superiores proporciona la capacidad de afrontar retos mayores, pero al mismo tiempo mayores riesgos y compromisos. De ello, también encontramos pruebas y descripciones en las biografías de “santos” de todas las tradiciones espirituales.

Al igual que hay guías turísticos (guías de viajes, de caminos, de montaña), así como toda disciplina humana requiere de un maestro/profesor que la enseñe, existen guías de procesos (médicos, terapeutas, psicólogos, gurús,…); y, ambos, tienen (o deberían tener) características similares: -han realizado el proceso (el camino) muchas veces, por lo que lo conocen bien; -conocen distintas alternativas, en las diversas fases del proceso (etapas del camino), que pueden adaptar a distintas personas y utilizar como atajos; -asumen el compromiso del acompañamiento durante una etapa del proceso o hasta el final, según su contrastada competencia, poniéndose los primeros cuando se presentan riesgos o dificultades no bien trillados; etc. Además, por supuesto, existen distintas formas de realizar ese acompañamiento del proceso del que se trate, según la personalidad del guía; y no todos los guías son idóneos para todas las personas.

 

[i] http://www.scribd.com/doc/96341123/The-Darqawi-Way-the-Letters-of-Shaykh-Mawlay-Al-Arabi-Ad-Darqawi#scribd

[ii] http://instituto-sufi.blogspot.com.es/2014/07/maestros-de-la-senda.html

[iii] http://tasawf.blogspot.com.es/2011/02/luz-sobre-luz-por-el-sheikh-ahmad-al.html

La ambientación en las clases de trabajo corporal de Aziza

Para entrar en el espacio donde se hacían las clases[1] nos cambiábamos de ropa, nos despojábamos de la ropa de calle, nos vestíamos con ropa especialmente blanca (solían ser dos prendas, pantalón largo y camiseta o similares). El blanco nos uniformizaba a todos los asistentes, sin marcar diferencias aparentes. Además, el blanco lo relacionábamos con el color de la pureza. Es un color muy utilizado en el contexto de muchas prácticas espirituales.

Entrábamos, pues, al vestuario en ropa de calle, y entrábamos a la clase en ropa “pura” homogeneizada.

La ambientación del local donde se realizaban las clases era algo que Aziza cuidaba mucho, era su Feng-shui original; consideraba que era una parte importante para que el trabajo se desarrollara adecuadamente. Ella refería su experiencia anterior en interiorismo, que le daba un cierto bagaje para tener más recursos a la hora de ambientar el espacio. Era algo personal, difícil de transmitir, para lo que no recuerdo que en ningún momento nos diera pautas concretas. Nos lo encontrábamos hecho al llegar, suponíamos que estaba en relación al trabajo a ejecutar ese día. Los cambios de un día a otro, de una clase a otra, tampoco eran importantes, más bien sutiles, llegando a una ambientación más o menos fija para la mayoría de sesiones.

Desde el olor, a base de inciensos y agua de azahar sobre todo, la iluminación suave, aprovechando siempre la luz natural pero no de forma estridente, el color de los objetos, el silencio. Hay que decir que no utilizaba música de fondo, sino sólo para los ejercicios específicos.

El mobiliario era muy sobrio, el mínimo necesario. No había sillas, nos sentábamos en el suelo, que era de parquet de madera (en su casa), con algún cojín si lo necesitábamos, o colchonetas/tatamis (en los gimnasios). No había mesas o alguna pequeña, donde se colocaba el material a utilizar o, si no, directamente en el suelo. Alguna lámpara. El aparato de reproducción musical, y algunos casetes originales y grabados (en esa época todavía no existían los CD).

El ambiente acompañaba a la interiorización, a la auto-observación, a la conciencia.

[1] Durante una larga temporada se realizaron en diferentes gimnasios de Palma de Mallorca, en espacios ya preparados para ello, con tatamis en el suelo y ambientación convencional; posteriormente, las clases se realizaron en su casa de la zona de El Terreno, en Palma de Mallorca, donde Aziza pudo acondicionar más el ambiente a su criterio.

Primero moverse, luego pensar

Viene a ser la máxima clásica del poeta romano Juvenal, Mens sana in corpore sano, pero con el matiz aclaratorio de que el ejercicio físico debe preceder al ejercicio mental para que éste sea más eficiente.

Empezar a pensar desde la inmovilidad es iniciar la explicación teórica sin ninguna referencia práctica, totalmente especulativa, desconectada de cualquier realidad; la realidad inmediata la confiere la interrelación con el medio, y ella siempre se da mediante la intervención del cuerpo, es decir, a través del movimiento, de la acción. Hago, luego existo.

Podríamos decir, pues, que el pensar perezoso, el que antes ha rehusado una acción moderada, que le permita “ponerse en forma” a nivel físico, es un pensar vicioso, defectuoso, que no puede llegar a buen fin, pecaminoso, según la religión cristiana.

El Cogito ergo sum (Pienso, luego existo) de Descartes, podríamos parafrasearlo también en Me muevo, luego existo. Siendo el movimiento una de las características más evidentes de la vida animal. Es una prueba objetiva de existencia. El pensar es algo subjetivo, sólo evidenciable a través de la palabra. El pensamiento inmóvil, sin mediar ningún tipo de acción previa, supone un pensamiento muerto, totalmente desconectado de la realidad inmediata. Sería un pensamiento del nivel vegetal, vegetativo.

La meditación en postura inmóvil, precisamente, facilita la desconexión mental, sirve para liberarse del exceso de pensamientos inútiles, que no tienen nada que ver con la propia realidad, a base de focalizar la atención. Tras el periodo de inmovilidad propio de ese tipo de meditación, para reconectarse con el entorno, hay que volver a la movilidad de forma lenta y consciente, que facilite una actividad mental suave, sin excesos ni deficiencias.

La meditación en movimiento (Tai chi, danza giróvaga, meditación dinámica, danzas sagradas, etc.) agrupa un conjunto de técnicas oportunas para su aplicación práctica en momentos en que queremos controlar la mente desde el cuerpo, sin dejar que se desborde, destilar la esencia del pensamiento con los elementos justos y necesarios de acción y emoción. La acción se genera a partir del movimiento de las piernas y la pelvis, la emoción del de la zona torácica, y esas dos zonas principales, junto con el movimiento de la cabeza, conforman la tríada del movimiento humano completo (pensamiento, sentimiento, acción). Si faltara la participación de la cabeza, el pensamiento sería del nivel animal, descabezado, descerebrado.

La meditación en movimiento es una actividad más cercana a la vida cotidiana que la meditación inmóvil, pero esta última a veces se hace necesaria para lograr desconectar (o reconectar con uno mismo) cuando el grado de “desconexión” con la realidad es elevado. Podríamos decir que la meditación en movimiento es la actitud propia del ser humano en la ejecución de cualquier actividad (excepto el sueño), que siempre presupone un cierto movimiento natural; ese movimiento lejos de distraernos debe ayudarnos a concentrar mejor nuestra atención en aquello que es esencial de la propia acción.

La consciencia del proceso

Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Antonio Machado.

Una cosa es recorrer el camino, y otra es recordar todas las piedras y recodos del camino recorrido, prestando suficiente atención mientras se recorre y guardándolo en la memoria una vez recorrido. De las dos maneras se llega a la meta, la primera sin consciencia, la segunda con consciencia. Esta segunda manera le confiere al caminante la ventaja de poder (volver a) repetir el recorrido sabiendo de antemano todos los obstáculos y dificultades con los que se va a encontrar, y por tanto, preverlos y anticipar las mejores soluciones o alternativas (que, incluso, no sean, las adoptadas en viajes previos). Tras repetidos recorridos transitando el mismo camino y ensayando diferentes atajos y alternativas a las dificultades presentadas, se convertirá en un caminante (viajero) experimentado en esa ruta.

‘Camino’ es la metáfora de cualquier proceso. Así, parafraseando las primeras frases, podemos decir: “Una cosa es hacer el proceso, y otra es recordar todas las vicisitudes encontradas durante el proceso”. De las dos maneras se realiza el proceso, de las dos maneras se puede llegar a su fin, pero lo que se aprende y, en definitiva, el bagaje final, es muy distinto. Por eso, dos personas recorriendo el mismo camino, realizando el mismo proceso, llegan al mismo fin, a la misma meta, pero, aparte del “punto de partida”, que ya es diferente para cada cual, aquí destacamos la importancia de la consciencia de cada paso del proceso, de cada etapa del camino, con sus facilidades y dificultades, con sus distintas opciones, con las elecciones y sus consecuencias, con los riesgos y las decisiones tomados, con las mejores y las peores opciones adoptadas, con sus obstáculos, con sus alegrías y tristezas, etc.

Y, finalmente, hablar de proceso en este contexto es hablar de cualquier itinerario específico y determinado en el devenir de una persona, a partir de que es consciente de sus actos: enfermedad, curación, muerte, maduración emocional, crecimiento personal, deshabituación, evolución espiritual, en definitiva, cualquier tipo de aprendizaje.