LO PSICOLÓGICO, del libro ‘EL LENGUAJE DEL MOVIMIENTO’ por Aziza Llordén

Tras el puente hacia lo psicológico se produce el encuentro con el Yo. Como en lo higiénico, aquí hay un proceso natural, el yo como trámite, y tres alternativos: el culto al ego, la vía oriental y la vía asistida.

El yo como trámite

La considero la línea natural. En ella el yo es más un instrumento que un fin. Más el vehículo del viaje que el objetivo del mismo. Algo que está destinado a desaparecer una vez cumplida su tarea. Esta línea sigue los pasos siguientes: compromiso, implicación, ver al otro y puente hacia lo creativo.

La primera respuesta al encuentro con el yo es el compromiso. El yo conoce ya el espacio y su lugar en él. Su autonomía le lleva a poder disponer de sí mismo. La relación con el espacio, con la realidad, ahora no es exclusivamente de aprendizaje y asimilación. El yo puede devolver parte de lo aprendido, pues tiene ya una voz –la asimilación higiénica– que le permite transmitir su experiencia. Y por tener voz tiene un lugar (y no al contrario) y es desde ese lugar que puede responder. Responsabilidad significa capacidad para responder.

El compromiso es el vínculo mental del yo con las cosas y con los otros, porque desde el lugar en el espacio que ahora tiene puede establecer el significado que las cosas tienen para él y moverse en función de ese significado. Es decir, el Yo forma ahora parte del movimiento, al que presta tanto la orientación que le permiten sus significados como la carga que suponen los mismos. La respuesta al espacio y a lo que hay en él ya no puede ser directa; en adelante es filtrada por un proceso interno.

Así pues, la base del compromiso no es otra que la atribución de significados. El que estos sean más o menos conscientes y el que el movimiento sea más o menos coherente con ellos tiene que ver con la fuerza y la salud del compromiso; pero el que no existan consciencia y coherencia o el que estas sean débiles no quiere decir que no haya significados en absoluto, es decir, intereses.

El compromiso deviene implicación –el segundo paso- cuando el vínculo, además de mental, se hace emocional. Las emociones son pautas de respuesta y acción que movilizan grandes cantidades de energía y, para ello, ‘implican’ al organismo entero. El miedo, por ejemplo, es una respuesta orgánica global –por eso es desagradable, porque va acompañado de sensaciones- y gracias a ello se pone en la huida mucha más energía de la que se pondría si el miedo fuese una apreciación de riesgos meramente cognitiva. Como el compromiso plantea una tarea y ésta es siempre difícil (utilizo la palabra ‘tarea’ en un sentido amplio, que va desde la huida de un peligro hasta la ejecución de una obra artística, el sentido original del término latino ‘agenda’: lo que hay que hacer) el yo tiene que implicarse para movilizar la energía que le permita afrontarla.

Pero si damos a esta interpretación de las emociones un sentido no exclusivamente psicológico, sino además trascendente, es decir, contemplamos las emociones –la implicación- desde la perspectiva de la evolución espiritual nos encontramos con que, gracias a ellas, el yo conoce su energía; y la cantidad de ella que está dispuesto a movilizar por algo le muestra dos cosas de sí: una, el verdadero valor que tiene ese algo para él y otra, el verdadero límite de sí mismo, que es el de su energía, no el de sus intenciones. Así, la implicación proporciona un conocimiento del sí mismo en acción, el único conocimiento real.

El tercer paso es ver al otro y es una consecuencia del verse a sí mismo. Podríamos decir que antes de la implicación la autoimagen es plana. Y adquiere volumen cuando el yo ve su energía y los límites de ésta. La implicación, al estar ligada a lo fisiológico, confiere realismo a la imagen de sí, una combinación de orgullo y humildad; siempre se tiene más energía de la que se cree, pero nunca sobra para la tarea del yo. Este conocimiento predispone a la compasión (en su significado de ‘sentir con’) y permite ver al otro, cuya imagen ya no es plana.

Ver al otro encamina al puente hacia lo creativo porque tiene un efecto multiplicador. Rompe la fantasía de una perspectiva, de un lugar privilegiado desde el cual ver el mundo, impide las fantasías sobre el yo y pone de manifiesto la ignorancia acerca de la realidad. Viendo al otro, el yo descubre que lo que creía una mirada limpia sobre el mundo era una defensa de su pequeño rincón. Sabiendo que ignora la Realidad, ha dado el primer paso hacia ella.

Culto al ego

Es esta una consecuencia de las vías alternativas –en particular, la de la ansiedad- en lo higiénico. Al no cumplir correctamente el proceso higiénico, el yo se hipertrofia para cumplir las funciones que no han quedado incorporadas higiénicamente. El síntoma inequívoco es la imposibilidad de la serenidad, sustituida por la hipervigilancia y la necesidad de defensa del yo. Esta autodefensa impide reconocer las tendencias.

Las tendencias son las líneas básicas que condicionan la personalidad, la limitan y, al mismo tiempo, la hacen única. Es decir, aunque condicionan al yo no son el yo; y sólo un yo dispuesto a reconocer algo que no sea él puede verlas como tales tendencias. Pero el yo hipervigilante, además de no reconocerlas, las justifica en función de sus objetivos y hace del ‘yo soy así’ su lema.

El culto al ego conduce inevitablemente a la frustración, precisamente porque las tendencias imposibilitan alcanzar los objetivos. La frustración, a su vez, lleva a la crisis en la cual se experimenta con toda su crudeza la contradicción entre los objetivos y la realidad del yo.

La única vía de salida es la reafirmación del yo mediante la negación de la contradicción. La otra vía, el abandono de todo objetivo y la instalación en la impotencia del yo –la depresión- no la contemplamos aquí porque entra en el terreno de lo patológico.

La reafirmación del yo instaura un círculo vicioso: culto al ego-frustración-crisis, una tensión en la que el yo se puede debatir a perpetuidad y que consumirá la mayor parte de su energía.

Vía oriental

El adjetivo ‘oriental’ no tiene aquí significado geográfico. Lo utilizo para designar aquellas vías –tanto de Oriente como de Occidente- que pretenden alcanzar lo creativo sin pasar por lo psicológico. Ignorando la posibilidad del yo como trámite, lo ven sólo como causa de la frustración, como un enemigo a combatir, concibiendo únicamente dos formas de vida: una presidida por el ego y otra por su negación.

Cuando personas pertenecientes a tradiciones culturales ajenas a la negación del ego (no ‘orientales’) intentan emular esta vía, caen sin saberlo en la frivolidad de dejar que el yo siga su curso de autoafirmación, ahora aún más justificada con el adorno de su propia supuesta negación. Esta vía tiene sentido cuando un entrenamiento cultural de siglos permite la verdadera negación del yo y, aún en ese caso, sólo tiene éxito en unos pocos individuos. Pertenece a las primeras formas que encontró el ser humano de afrontar la contradicción entre el yo y la Realidad.

Vía asistida

El yo como trámite puede ser sustituido por la línea asistida, en la cual los procesos que allí tenían lugar de forma integrada son descompuestos paso por paso y se recibe ayuda tanto para tomar consciencia de la estructura como para resolver las dificultades que depararán las sucesivas etapas.

En el yo como trámite el compromiso sigue al encuentro con el yo como algo natural. En la línea asistida hay que analizar el proceso que lleva al compromiso. Al hacerlo, lo primero que se revela a la consciencia son los contrastes.

En el movimiento se experimenta la diferencia entre

ondulado/quebrado

simétrico/asimétrico

introversión/extroversión.

Como los contrastes se presentan en forma bipolar, son el instrumento idóneo para que quede de manifiesto la tendencia a ir hacia uno de los polos. Tal si se tratase de un imán, cada polo atrae a una tendencia. La constancia de esa identificación polo-tendencia permite ir bosquejando el sistema de tendencias del Yo, tal como se manifiesta en el movimiento y, dado que el movimiento acompaña continuamente al yo, el conocimiento así adquirido no tiene la categoría de una suma de datos –a la manera de un diagnóstico clínico- sino que pasa a integrar de modo inexcusable el conocimiento global que el yo tiene de sí mismo.

A partir de ahí, resulta también inexcusable la confrontación de los objetivos que el yo se había marcado desde la ignorancia de las tendencias con éstas, que se revelan ahora como poco realistas en el sentido de que no se adecuan a la realidad del yo. El proceso –lento y progresivo- por el cual se va confrontando la realidad de las tendencias con los objetivos –muchas veces poco conscientes o mal definidos- está teñido de una frustración creciente que termina en una crisis, en la cual se confrontan conscientemente las tendencias, ahora conocidas, con los objetivos, ahora reconocidos.

Esta crisis es diferente de la que se produce en el culto al ego, pues aquella era una crisis de ribetes neuróticos, con tendencia a la repetición y una vivencia de fatalismo debida a la no comprensión del mecanismo de la crisis.

Sin embargo, cuando a través de la línea asistida la revelación de las tendencias y la confrontación con los objetivos han tenido lugar progresivamente y el conocimiento de las tendencias tiene ese carácter integrado que proporciona verlas manifestarse en el movimiento, entonces la crisis no es de repetición sino de crecimiento y se supera con la intención de dejar tras el conflicto tendencias-objetivos.

Dicha intención se plasma en la actitud del compromiso. La palabra ‘compromiso’ tiene aquí todo su sentido, pues se trata de una auténtica transacción del yo entre lo que creía desear y aquello que ahora sabe que le impide conseguirlo. La actitud del compromiso se manifiesta:

físicamente, en el músculo, ya que el tono muscular indica en todo ser vivo su disposición a la acción; desde la laxitud o no acción (sueño, muerte, depresión) hasta el agarrotamiento (pánico, sobreexcitación) que es otra forma de no acción, pasando por los diferentes grados de tonos musculares necesarios según el tipo y la intensidad de las acciones.
mentalmente, en la atención, que revela la disposición para la acción mental; sus extremos que, como en el músculo, también son formas de no acción: la dispersión mental y la indiferencia en un extremo y la hipervigilancia, la obsesión y el fanatismo en el otro.
emocionalmente, en el afecto, que es la vinculación de la emoción con algo exterior al yo y tiene también sus extremos: la frialdad emocional y la dependencia afectiva, ambas negaciones del afecto en último término.

En el yo como trámite el compromiso daba paso a la implicación, que suponía la movilización de gran cantidad de la energía del organismo en función del objetivo. Pero en la línea asistida no se produce sin más esa movilización, porque las tendencias no secundan el objetivo. Es por ello que aquí la movilización va dirigida en primer lugar a la transformación de las tendencias.

El compromiso con el objetivo trascendente genera un objetivo secundario: la propia transformación. Pero no se trata de una transformación psicológica en la que el yo se lanza la tarea de modificar aquellos aspectos de la personalidad que le hacen infeliz o que son causa de trastornos. Se asemeja más a la transformación que un deportista de élite impone a su cuerpo: el objetivo último no es la salud física, sino poder responder a los esfuerzos que implicará el cumplir sus metas deportivas, que no tienen nada que ver con la salud o para las cuales la salud física es sólo un medio.

La transformación de las tendencias en función de un objetivo trascendente pone de relieve más que ninguna otra cosa lo que quizá constituya el mayor obstáculo que encuentra la mentalidad occidental en la comprensión del proceso creativo, a saber: que, como el objetivo se coloca fuera del yo –por eso lo llamamos trascendente- los beneficios no son para el yo; ni siquiera el cambio que pueda acontecer en la personalidad importa como enriquecimiento, pues no se perseguía por su valor como tal. Más que enriquecerse, el yo ‘se empobrece’ para enriquecer lo trascendente.

Con esto llegamos al riesgo. Todo proceso creativo entraña un riesgo. Por ejemplo, no reconoceríamos, como verdadero artista, a alguien que no corriese al menos en algún momento el riesgo de no ser entendido, no ser aceptado, no ser recompensado. Y esto no supone que esa falta de recompensas sea necesaria al verdadero artista o que éste deba huir del éxito. Supone sólo que, en aras de un objetivo creativo, él debe estar al menos dispuesto a correr el riesgo de no ser reconocido. Si no lo corre y actúa sobre seguro haciendo de la aceptación su objetivo prioritario, nadie podrá reprochárselo pero tampoco podrá llamarse arte creativo al producto de ese cálculo. Aunque la aceptación del riesgo tampoco garantiza alcanzar el objetivo trascendente, es un componente necesario del proceso.

El primer riesgo consiste en transformar las propias tendencias en función de algo que no es el yo. Esta transformación libera la energía que estaba destinada a atender el conflicto entre las tendencias y el objetivo y permite, por tanto, que esa energía fluya hacia el objetivo en forma de implicación, confluyendo así con el yo como trámite en el proceso hacia lo creativo.

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